Tocó con todos, tocó de todo. León Gieco es parte y testigo de la cultura argentina a la que ha aportado canciones, conceptos, ejemplos.

Desde Mercedes Sosa hasta Charly García, pasando por Illya Kuryaki o Pablo Lescano, todos han querido estar cerca suyo.

Como músico y como ser humano, León se ha brindado en cuerpo y alma y por eso este sábado se festeja su cumpleaños número 70 como una verdadera celebración nacional.

Es justamente con “La amistad”, una canción junto a Gustavo Santaolla, que apareció este viernes León para recordarnos que nunca está solo y aclara cantando: “No soy amigo del que piensa que el mundo se cambia hablando con el culo en un sillón”.

Raúl Alberto Antonio Gieco nació cerca de Cañada Rosquín, Santa Fe, el 20 de noviembre de 1951. Trabajó desde muy chico para ayudar en su casa, haciendo mandados o repartiendo pedidos para una carnicería del pueblo.

Además de colaborar con la economía familiar, Gieco se las rebuscaba para que le sobraran unas monedas y así fue como a los ocho años se compró su primera guitarra.

Ese fue el comienzo de todo: desde los shows escolares a las presentaciones en el pueblo, el santafesino ya había encontrado lo que quería hacer por el resto de su vida.

Su primer show grande fue en el Festival B.A. Rock II, al que le siguió el Acusticazo en 1972.

“Hombres de Hierro” y “En el país de la libertad” llegaron para instalarse en el inconsciente colectivo argentino, pocos años antes de que la dictadura del ´76 comenzase a hacer estragos.

Para tocar esas canciones, León convocó a Rubén Batán (bajo), Vicente Busso (batería) y Rodolfo Gorosito (guitarra), La Banda de los Caballos Cansados.

El nombre del grupo iba a ser el mismo de su segundo álbum, aunque su momento solista ya estaba por llegar.

Cuando se quedó sin banda no lo pasó del todo bien, por lo menos al principio: “Me enojé bastante y fui un poco a la fuerza, porque pensaba que me iba a salir mal. Y resulta que hice dos shows impresionantes, el público hacía un silencio total.

Con el público se entabló una relación totalmente distinta y me escuchaban como nunca antes.

Entonces me empezó a gustar tocar solo”. Este recuerdo está plasmado en la autobiografía que publicó con la colaboración de Oscar Finkelstein (León Gieco, crónica de un sueño, 2011). Solo también se iba a tener que bancar la censura.

El fantasma de Canterville, disco fundamental del rock argentino, salió en 1976, el año en que se desató el golpe militar autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.

Sus letras de protesta, sus temas mezcla de folk, rock, que hablaban de paz y libertad, desentonaban con el perfil autoritario del nuevo gobierno de Jorge Rafael Videla y se lo hicieron saber a través de la censura.

Así fue que León tuvo que modificar la letra de algunas canciones y eliminar de cuajo “La historia esta”, “Tema de los mosquitos” y “Las dulces promesas”.

El público argentino amó escucharlo y abrazaron su música como a un salvavidas. El resto de los latinoamericanos también empezaron a colmar sus shows en los distintos países en los que se presentaba, pero la persecución ideológica era cada vez peor.

León Gieco en sus comienzos

El historiador y crítico musical Sergio A. Pujol, autor del libro Rock y dictadura (2005), publicó un dossier de documentos denominado “De lo secreto a lo público” en el que habla y analiza la prohibición de algunas canciones durante la dictadura militar argentina.

Este material fue publicado por la Comisión Provincial por la Memoria (Mecanismo Local de Prevención de la Tortura de la Provincia de Buenos Aires) y allí cuenta que la primera vez que León Gieco estuvo preso fue en 1975. “Acababa de presentarse en un programa de Canal 7.

Lo fueron a buscar a un estudio de grabación donde estaba preparando su tercer disco. El operativo corrió por cuenta del Departamento de Informes Policiales, y en la supuesta causa con la que se lo amenazó estaba la figura de instigación a la violencia. O más precisamente: la de instigación al asesinato político”.

El contexto era difícil y León terminó envuelto en un suceso que nada tenía que ver con él: “En esos días, un atentado había terminado con la vida del comisario Villar. Y Gieco no había tenido mejor idea que cantar, en el inocente programa de Leo Ribas, ‘John el cowboy’. John era una especie de justiciero popular -un auténtico bandido rural, como el que años más tarde Gieco retrataría en un álbum- que al llegar a un pueblo pletórico de injusticias despachaba al sheriff, al cura y al juez corrupto y repartía el dinero entre la gente.

En la suspicaz escucha de los servicios, esa canción anunciaba la muerte de Villar. Era una canción en clave. Y Gieco, un peligroso agente de la subversión”, explica Pujol.

Esta fue otra de las canciones de León que iban a ser censuradas por los servicios militares como parte de una selección llamada “Cantables cuyas letras se consideran no aptas para ser difundidas por los servicios de radiodifusión”. Otros temas censurados fueron “Canción de amor para Francisca y su hijita” y “La cultura es la sonrisa”.

“La cultura es la sonrisa” fue una canción compuesta por Gieco en protesta por el cierre de la Universidad de Luján y una semana después de estrenarla, las autoridades de facto le harían sentir otra vez el terror. De parte del general Montes, jefe del Primer Cuerpo del Ejército, llegaron varios militares a su casa y lo trasladaron a un cuartel.

Allí lo esperaba el propio Montes que le aconsejó no cantar más ese tema… o irse del país. La sugerencia vino acompañada de un arma en la mesa y el comentario de que sabían a qué guardería iba la hijita de Gieco.

Para 1979, León y su familia ya estaban instalados en Los Angeles, Estados Unidos, pero no esperaron mucho para volver a la Argentina.

Aunque el gobierno militar seguía haciendo de las suyas, el público lo necesitaba. Así fue como en 1981 inició una gira sin precedentes por todo el país, la famosa “De Ushuaia a La Quiaca”. “Pensábamos que no podíamos depender de los managers del interior, porque de esta manera se podía desvirtuar el proyecto.

Fue entonces que se nos ocurrió la idea de convocar a los estudiantes secundarios para que nos organicen los conciertos. No tenían que pagarnos por el show, sino garantizarnos la estadía (alojamiento y comidas) y de esta manera funcionábamos como socios: ellos se llevaban el 30 por ciento de la recaudación y nosotros el setenta.

Por estas características de producción, nuestro contacto con la gente era mucho más directo e intenso que en otra situación”, explicó León tiempo después. La idea fue genial y el resultado inolvidable.

Luchando por la libertad con la guitarra y la palabra como únicas armas o produciendo eventos enormes y colectivos, León Gieco se ha convertido en parte de la historia viva de Latinoamérica: “La cultura es la sonrisa que acaricia la canción y se alegra todo el pueblo quien le puede decir que no, solamente alguien que quiera que tengamos triste el corazón”.

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