El nuevo primer ministro británico Keir Starmer asumió el gobierno a solo horas de conseguir una histórica victoria para el laborismo que gozará de una mayoría absoluta de 174 diputados.

Starmer cumplió la formalidad de la visita al Rey Carlos III en el Palacio de Buckingham y de inmediato fue a la residencia oficial de 10 Downing Street que unas horas antes había abandonado su predecesor, Rishi Sunak.

En sus primeras palabras a la nación, Starmer prometió una nueva era de estabilidad, crecimiento, sobriedad institucional, unidad y cambio poniendo el acento en la necesidad de restaurar los servicios públicos destrozados por 14 años de gobierno conservador.

“Nuestro país votó decisivamente por un cambio, por una renovación nacional y porque nuevamente los políticos sirvamos a los intereses del pueblo”, dijo Starmer.

Con el mensaje de rigor británico hacia el derrotado, Starmer reconoció la “dedicación y el trabajo” de su predecesor, Rishi Sunak, y el extraordinario logro de haber sido el primer británico de origen pakistaní que llegaba a 10 Dowming Street.

Pero en una clara referencia a los escándalos que dominaron los gobiernos de Boris Johnson, Liz Truss y el mismo Sunak, el flamante primer ministro dijo que se había acabado la era del “espectáculo ruidoso” (noisy performance) en la política.

El lenguaje

El lenguaje marca una primera diferencia, necesaria, aunque insuficiente, respecto a sus predecesores. En vez de referencias a la austeridad proferidas por millonarios primeros ministros (en especial Sunak, David Cameron y Boris Johnson), el discurso se centró en un mensaje de esperanza para las grandes mayorías.

“Acá se hizo la vista gorda mientras millones de personas se hundían en una creciente inseguridad. Enfermeros, trabajadores, constructores, no van a ser ignorados por este gobierno. Soy consciente que una cosa son las palabras y otra los hechos. Esto va a tomar tiempo, pero no duden que el cambio, empieza de inmediato”, dijo. Es una primera promesa que puede cumplir sin problemas.

En el Reino Unido no hay un largo período de transición como en Argentina o Estados Unidos entre gobierno entrante y saliente. Todo se reduce a una mudanza. Sunak vació 10 Downing Street por la mañana y Starmer la ocupó poco después del mediodía.

Ni siquiera el nombramiento de un nuevo gabinete tiene ese período de incertidumbre, de nombres que van y vienen hasta que finalmente se decide quién ocupará el puesto.

En la tradición política británica, el partido de oposición tiene formado un “gabinete en la sombra” que replica los cargos ministeriales ocupados por el oficialismo y que tiene la función de estar listo para gobernar de la noche a la mañana.

A nadie sorprendió cuando un par de horas después de su discurso inicial, Starmer anunció que Rachel Reeves sería la primera ministra de economía de la historia británica y Angela Rayner sería la vice primer ministro. No hay misterios en estos nombres. Sí hay misterio en la dirección y profundidad que le imprimirá Starmer al “cambio”.

El enigma Starmer

Starmer representa una “normalidad aspiracional” típica de la posguerra. Nació en 1962, hijo de un fabricante de herramientas y una enfermera, ambos militantes laboristas. Con ese origen de clase trabajadora, tuvo una trayectoria educacional casi desconocida para los conservadores en una sociedad tan clasista como la británica: escuelas y universidades estatales en vez de privadas.

A los 16 años se convirtió en un precoz miembro de la rama juvenil de los Laboristas por el socialismo. Poco después de recibirse de abogado, tuvo un breve período de editor de “Socialist Alternative”, revista Trotskista, de la Tendencia Revolucionaria Internacional Marxista.

Era evidentemente otra época de su vida: poco parece quedar de ese pasado. El puente al actual “moderado y centrista” fue su larga actividad como abogado especializado en derechos humanos y director de la Fiscalía Pública.

Diputado electo en 2015, pasó a integrar el gabinete en la sombra del entonces líder Jeremy Corbyn como ministro de inmigración y del Brexit. Ferviente opositor a la salida del Reino Unido de la Unión Europea, ha cambiado su posición y hoy acepta que ése es un capítulo cerrado de la historia británica.

Starmer buscará mejores relaciones con la UE -no muy difícil luego del tormentoso vínculo de los conservadores con el bloque europeo -, pero no intentará reconstruir una unión aduanera o un ingreso al mercado común. “Ni en esta elección, ni en el resto de mi vida”, dijo durante la campaña.

Cauteloso, el nuevo primer ministro no quiere abrir esa caja de pandora que es Europa para los británicos que han perdido económicamente mucho desde su separación en 2020, pero que emocionalmente sigue siendo un grito de batalla para un sector de la población por más que ahora las encuestas digan que un 56% considera que el Brexit fue un error.

Bajo perfil

Hombre de bajo perfil y nulo carisma, con las artes oratorias de un abogado que no ha terminado de salir de su matriz argumentativa leguleya, Starmer ha conseguido, sin embargo, algo que en 2019 parecía imposible: una mayoría parlamentaria casi tres veces más grande que la de Boris Johnson.

El caos interno conservador ayudó mucho a su victoria. La pandemia, la guerra crearon problemas que el gobierno empeoró notablemente con rencillas internas, desmanejos y profusa corrupción.

El gobierno de 45 días de la libertaria Liz “la breve” Truss deshizo toda percepción de idoneidad en el manejo económico de los conservadores. Starmer no tuvo que hacer mucho más que contemplar cómo los Tories se deshacían internamente en medio de una situación económico-social que empeoraba en todo el país.

Esto favoreció una falta de definiciones claras que refuerzan esa figura del “moderado, poco carismático hombre común”. El enigma es si debajo de este hombre poco misterioso existe otro que esté a la altura de los desafíos que tiene por delante su gobierno.

El dilema de Starmer

Lo máximo que se sabe de Starmer son los cinco compromisos que anunció poco antes de las elecciones y algún que otro pronunciamiento que hizo en la campaña. Es un puñado de propuestas que buscan satisfacer a esa amplia coalición de votantes que terminó eligiéndolo y que incluye a muchos ex conservadores.

Lo más a la izquierda de las propuestas es la promesa de renacionalizar el sistema ferroviario no renovando las concesiones a las empresas privadas. Starmer también quiere crear una empresa pública de energía limpia. En salud, ha prometido suministrar 40 mil nuevas citas médicas por semana para lidiar con la lista de espera de más de siete millones de pacientes que agobia al NHS. En Educación se reclutarán 6500 nuevos maestros que se financiarán eliminando las exenciones impositivas que disfruta la educación privada.

A la derecha de este espectro de propuestas está la promesa de concentrarse en la estabilidad y el crecimiento económico sin detalles sobre qué políticas lo harán posible, estrictas reglas en el gasto público y ningún aumento impositivo.

La única excepción es el impuesto especial a las energéticas por las ganancias obtenidas debido a la guerra en Ucrania. También la promesa de una tolerancia cero a la conducta antisocial sin muchas definiciones al respecto.

Nada de esto será suficiente para lidiar con la crisis que sufren los servicios públicos después de 14 años de desfinanciamiento, ni para resolver el estancamiento salarial, el incremento del costo de la vida, la contaminación de los ríos o la posible y urgente necesidad de renacionalizar al mayor monopolio del agua en Inglaterra, Thames Water, ahogado por las deudas y con un servicio deplorable.

Un factor central de cualquier iniciativa estatal va a ser precisamente el sistema impositivo. El Reino Unido es la sexta nación más rica del planeta, tiene 165 billonarios que pagan poco y nada de impuestos y más de 200 mil millones de libras en exenciones impositivas a las grandes corporaciones y los ricos.

Tax Justice UK junto a Patriotic Billonaires UK, un grupo de billonarios británicos que coinciden con la necesidad de una reforma fiscal progresista, han establecido un decálogo de medidas que permitiría recaudar 60 mil millones de libras anuales.

¿Tendrá Starmer el coraje y la audacia de adoptar algunas de estas medidas para volver a financiar los servicios públicos, avanzar con un masivo y reactivador programa de vivienda pública y lidiar con los problemas sociales del país? Es un dilema que decidirá el resultado de su gestión. En esta elección, debido al sistema electoral británico, Starmer obtuvo el 64% de los escaños, pero solo el 34% de los votos: la participación electoral rondó el 60%.

En este sentido, el respaldo en las urnas es mucho menos unánime de lo que parece a primera vista. Se sabe además lo que pasa cuando se decepciona a un electorado. A la vera, esperando para la emboscada, se encuentra el ultraderechista Nigel Farage, que obtuvo el 14% de los votos y que anunció no más conocerse su elección para el parlamento, que “va a ir por los laboristas”.

Fuente: Página 12


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