La primera temporada de ‘Snowpiercer: Rompenieves’ presagiaba que esta serie de Netflix era una constatación de cierta bancarrota creativa, la que lleva a apostar por recontar una historia solo por hacer caja. Y a pesar de elementos interesantes, el resultado era tan inferior a la película de Bong Joon-Ho que así lo parecía. Pero con esta segunda temporada las cosas han mejorado mucho.

Cuando se estrenó la primera temporada de ‘Rompenieves’, algo olía un poco a chamusquina: tanto el director del piloto original, Scott Derrickson, como el primer showrunner, Josh Friedman, habían abandonado el proyecto debido a diferencias creativas. Parecía que la serie iba a tomar un camino muy diferente al planeado.

Tenemos indicios de cómo fue su punto de partida (más oscuro y con más protagonismo de las clases bajas), aunque sí podemos juzgar lo que Graeme Manson, su showrunner, consiguió: una serie interesante, pero a la que le faltaba algo.

Lo que empezó como una trama criminal, con el detective Andre (Daveed Diggs) investigando unos asesinatos, terminó en una revuelta que consiguió lo imposible: que se reconociera a los pasajeros de la cola y se redistribuyera la riqueza en medio de una paz tensa, al borde del colapso.

Vamos, se pasó de un procedural criminal a recontar lo ocurrido en la película, pero sin el poderío visual del cineasta coreano y la lastra de unos capítulos que no sabían muy bien cuándo terminar. Vamos, aquí no nos entusiasmó. Y claro, ¿qué quedaba por contar?

Por suerte, la respuesta nos beneficia a todos los espectadores: quedaba por contar lo verdaderamente interesante.

La paz no dura demasiado en el ‘Rompenieves’: Wilford (Sean Bean), el creador del tren y su motor perpetuo, ése al que Melanie (Jennifer Connelly) abandonó a su suerte, regresa con ganas de tomar lo que considera suyo a bordo del Gran Alice, un tren de suministros impulsado por el mismo motor que el tren de mil vagones.

De modo que Wilford acopla el Gran Alice al Rompenieves y da comienzo a un juego de poderes contra dos fuerzas antagónicas obligadas a estar de acuerdo (Melanie y Andre).

La principal diferencia es que Melanie podía ser fría y ser continuista con algunas de las políticas de Wilford (el tipo diseñó aberturas para sacar brazos por ellas y amputarlos), pero era humana. Wilford va mucho más allá en depravación y le importan muy poco los medios, incluso las vidas de los pasajeros, para llegar a su fin, que es la reconquista del Rompenieves.

La guerra fría, y nunca mejor dicho, entre unos y otros vertebra esta segunda temporada, mientras se radiografía cómo cala en el pasaje la llegada de un líder al que algunos adoraban.

Quizá lo que más me impacta, y gusta, y asusta, de esta segunda temporada es lo aterradoramente parecida que la han hecho respecto a la política norteamericana. Después de todo, uno de los principales puntos argumentales es que cómo es posible que un tipo violento y caprichoso como Wilford pueda conseguir el favor de la gente.

Porque pese a no haber tenido a Wilford ni un día al mando del Rompenieves (algo que descubrimos en la primera temporada), hay muchas personas que creen que le deben la vida por haber fabricado el tren. Y así es, pero ¿cuántos están dispuestos a entregar su alma, pese a saber que Wilford sabotea a propósito su propio tren para comandarlo?

Ahí radica el interés de esta serie, ahora y ya para las futuras temporadas: está el bando de quienes no están dispuestos a sacrificar cualquier cosa en favor de un narcisista arrollador, por mucho que prometa una paz social (que, en realidad, él está alterando), y quienes creen que pueden mirar a otro lado porque no les afecta directamente.

Hay un instante, una frase, que casi me hace caerme del sofá después de haberme tenido en vilo: dicen que a los de tercera clase les da igual quién esté en el poder, si Melanie, Andre o Wilford, porque para ellos la vida siempre es igual. Aún resuena en mi cabeza, no puedo evitar volver a ella cada vez que veo las noticias o camino por la calle.

Con esa frase, con este planteamiento, con esta degradación moral de muchos de sus pasajeros en nombre de una vaga promesa de que las cosas mejorarán si dejan que otras personas sufran o sean denigradas, ‘Rompenieves’, la serie, consigue adelantar al final a la película, cuyo planteamiento era más directo (aunque, ojo, no menos certero).

Porque esto ya no va de buenos y malos, sino de todos los grises que hay en medio: va de la gente que hace, la que deja hacer, la que manda y la que se sale del tablero. Y da miedo, claro, porque a lo mejor, puede, reconocerte en alguno de estos personajes maravillosos y complejos puede ayudarte a entender mejor lo que rodea. No se me ocurre mejor alabanza para una ficción.

Por supuesto, que a nivel temático la serie sea sobresaliente no significa que todos los apartados funcionen igual. No tiene sentido pedirle el nivel de Bong Joon-Ho a los directores de la serie, pero sí que hay cierta ramplonería visual. Al menos, los momentos más impactantes sí están llevados con soltura y hay una escena, con el tren descendiendo por una curva infinita y numerosas luces rojas en sus ventanas, que consigue sobrecoger.

La única pega que le puedo poner de verdad es que sigue sin saber cómo terminar un episodio, y no porque le sobre metraje (algo típico de Netflix), sino porque casi cada capítulo concatena las conclusiones de las tramas sin saber hilarlas.

A nivel actoral, ésta es la temporada de Sean Bean, a quien hacía tiempo que no veía tan contento haciendo de villano de la función. Otra adición interesante es Rowan Blanchard como Alex, la hija perdida de Melanie, que cumple como ingeniera y se debate entre la lealtad a Wilford o el cariño a su madre.

Connelly, por cierto, por fin puede jugar alguna carta más que la de líder fría con corazón guardado en la taquilla, mientras que Daveed Diggs no puede creerse que, después de ganar una revolución, tenga que luchar en otra guerra. Una tercera pata es Mickey Sumner, como Bess, que deja su puesto como guardafrenos para hacerse policía y presenciar, de primera mano, la insurrección de las clases a favor de Wilford.

En general el nivel del reparto es sobresaliente y tanto en guión como en dirección hacen malabares para que los más de treinta secundarios que pueblan el tren tengan vida y agenda, pero hay otra actriz que destaca al nivel que Bean: Alison Wright como Ruth, del servicio de hospitalidad del Rompenieves. Su caída del guindo respecto a Wilford es lo que necesita la serie para rubricar su discurso: hay gente que, hasta que no se les toca, prefieren no cambiar de punto de vista.

El final de esta segunda temporada deja con ganas de mucho más por una sencilla razón: el discurso que nos ha presentado hasta ahora no ha terminado en nuestra vida. Es ilógico pedirle a una ficción las respuestas que no tenemos, pero uno nunca pierde la esperanza de cara a su tercera temporada.

Al fin y al cabo, a este tren de mil treinta y cuatro vagones solo le pedía continuar con el nivel competente de la primera temporada, y ha entregado más de lo que esperaba. Ojalá solo hubiera sido ficción.

Fuente: Espinof

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