El dramaturgo y director Mariano Tenconi Blanco estrenó «Las cautivas», un espectáculo de fuerte impacto que pone el ojo en ese plural, «cautivas», que describe la relación entre una inmigrante presumiblemente francesa y una india, en tiempos remotos, que puede verse en el Teatro de la Ribera los viernes a las 19 y sábados y domingos a las 17.

La acción, en algún lugar de la pampa argentina: la francesa (Laura Paredes) es secuestrada por un malón junto a su padre y un cura confesor justo cuando está por casarse con alguien de su clase e ingresa a un mundo que desconoce, alejado de las delicadezas europeas y plagado de una sensualidad abierta, molesta y desconcertante.

Los indios que la retienen son, según ella, unos seres infernales que asan una media res y se emborrachan hasta el límite y que cuando desean saciar en grupo sus necesidades viriles no lo hacen con ella sino con el sacerdote acompañante, que al parecer no manifiesta desacuerdo.

Todo es barro y oscuridad para esa dama delicadamente vestida de blanco –aunque su vestido es transparente, una picardía de la vestuarista Magda Banach- cuando el encuentro con una mujer de la tribu (Lorena Vega) cambia su panorama y lo abre a sucesos inesperados.

La india proviene de otro mundo, come animales inmundos y tiene un vínculo con la tierra y su espíritu que sorprenden e intrigan a la europea: Vega la construye con su voz más profunda, casi masculina, que por momentos roza lo sobrenatural, más una diligencia física sorprendente en la que no parece ajeno el trabajo de Jazmín Titiunik, diseñadora de movimiento.

El encuentro entre las dos mujeres se produce como en las películas de indios y colonos: tras una desconfianza inicial, hay intercambio de palabras apoyadas en los gestos y todo indica que la relación pasará a mayores. Por eso, el título «Las cautivas» desafía a «La cautiva», de Esteban Echeverría, y lleva a preguntarse cuando el verbo muta de aprisionar a atraer: ¿quién cautiva a quien?

Los textos se desarrollan a través de una prosa rítmica que por momentos tiene métricas de poema, con voluntarios ripios que perturban el lenguaje con «apartes» que incluyen expresiones del habla actual, con uso de cacofonías y otros guiños, y, como es habitual en Tenconi Blanco, el sexo se vuelve el centro del asunto.

Como en «La vida extraordinaria», hay descripciones precisas de los actos íntimos entre ambos personajes e incluso Vega repite la exposición labiolingual sobre cómo estampar un beso de pasión que tanto le fue festejada en aquella obra.

La historia se desarrolla a través de episodios de un retablo –la lucha contra un tigre, la aparición de un mono bastante molesto, el encuentro con soldados borrachos a los que roban un caballo, la cura de una niña enferma, peleas entre ambas mujeres- con la ayuda del músico Ian Shifres, que con su piano, su voz y otros instrumentos acompaña y completa la acción.

Entre esos episodios y sobre el final, la europea y la india cruzan a la Banda Oriental, donde la india se sorprende al ver una función de teatro y donde –casualmente- se encuentra el perjudicado novio de la francesa, lo que desata un final indeseado.

La obra apela a diversos tonos: la épica gauchesca, el choque de mundos como en el «Fausto» de Estanislao del Campo, los dibujos de Molina Campos, pasajes de farsa y de comedia e incluso la historieta, sin dejar de lado la reivindicación actual de los derechos de género.

Como en «La vida extraordinaria» no hay mayormente diálogos reales entre las protagonistas –solo están en los relatos separados-, ya que Paredes tiene a cargo los cuadros I y III y Vega los II y IV, por lo que la resolución del epílogo no parece la más adecuada.

Se vale además de la presencia de Vega –quizá la actriz mejor dotada de su generación- y coloca a Paredes en el lugar de Valeria Lois, en una fórmula que sin dudas le da resultado; Paredes es igualmente potente para afrontar los embates histriónicos de Vega y posee la gracia y el sentido del humor necesarios para construir su personaje, una tonta que pronto dejará de serlo.

La obra se beneficia con una inteligente escenografía de Rodrigo González Garillo, tan funcional como las luces de Matías Sendón, y es presentada por el dramaturgo y director como la primera de una tetralogía llamada «La saga europea», a cargo de su novedosa Compañía Teatro Futuro, que presentará un título por año durante cuatro años en salas del Complejo Teatral de Buenos Aires.

Por fortuna, en el caso de «Las cautivas» y quizá por razones sanitarias, Tenconi Blanco no se excede en la duración de su espectáculo; con algo más de una hora cumple con satisfacción su cometido.

Que te pareció esta nota?
Like
Love
Haha
Wow
Sad
Angry