Hace la friolera de 15 años, y no con poca controversia y críticas infundadas rodeando a la producción, Martin Campbell dio el pistoletazo de salida a una nueva etapa —probablemente, la mejor y más sólida hasta la fecha en cómputo global— de las aventuras cinematográficas de 007 con la excepcional ‘Casino Royale’; en la que se nos presentó a un James Bond más tosco, violento y oscuro personificado por un Daniel Craig que hizo totalmente suyo al mito.

Posteriormente, y tras el desliz de Marc Forster con una irregular ‘Quantum of Solace’ que he terminado apreciando con el paso del tiempo, Sam Mendes se sumergió en la psique del espía británico con la casi freudiana ‘Skyfall’ y su secuela; redondeando y aportando más capas a una encarnación del personaje con un mayor calado psicológico que le distanció radicalmente de sus predecesores.

El descomunal prólogo de ‘Sin tiempo para morir’, extendido durante unos intensos 30 minutos capaces de dejar sin aliento y que invitan a permanecer sentado al borde de la butaca resistiendo al instinto natural de pestañear, no sólo demuestran con creces que Fukunaga está a la altura, más que de sobra, para llevar a cabo su complicada misión. La introducción también se muestra como toda una declaración de intenciones que nos prepara para lo que está por venir después de que Billie Eilish nos acaricie los tímpanos mientras los títulos de crédito circulan en pantalla.

En cuestión de media hora, el largometraje se las apaña para romper por completo el statu quo que planteó el cierre de ‘Spectre’ y para asentar los cimientos sobre los que se edificará esta catedral bondiana de 163 minutos que pasan como un suspiro: una emotividad inusitada para un producto de este corte, un sentido de la épica arrollador y una encantadora arua de romanticismo que evoca por momentos al Hollywood dorado.

Pese a hacer gala de un equilibrio casi perfecto, ‘Sin tiempo para morir’ es una película marcada por los contrastes. Nuevamente, el grueso temático y argumental vuelve a ahondar en el Bond más terrenal y complejo en términos emocionales que se ha ido desarrollando a fuego lento desde 2006. Esto se traduce en una mayor carga dramática que exprime los rincones más sombríos de la psique de 007, los demonios de un pasado que no deja de acecharle, y ese rencor y desconfianza grabados a fuego después de su romance con Vesper Lynd.

En esta ocasión, junto a los habituales Neal Purvis y Robert Wade, que tienen más que interiorizado el universo de Ian Fleming, el equipo de guionistas ha contado con una Phoebe Waller-Bridge indispensable para pulir el libreto. Su mano, tan diestra como perceptible, ha sido esencial para dibujar a un James Bond más humano que nunca que conserva toda su esencia, y para equilibrar la balanza entre su peculiar masculinidad y la arrolladora fuerza de las mujeres que le rodean.

Pero dentro de esta densidad, ‘Sin tiempo para morir’ no olvida su condición de show bondiano. El humor socarrón y chulesco de su protagonista, la colección de gadgets imposibles y vehículos de ensueño, el fondo de armario compuesto por unos trajes de Tom Ford para babear… todas las señas de identidad más ligeras de la franquicia permanecen intactas; incluyendo los insalvables clichés que no pueden sortear a los villanos con  conductas algo erráticas y, tal vez, excesivamente pasionales.

Como digo, nos encontramos ante una cinta cien por cien marca de la casa, y eso pasa por ofrecer un despliegue visual de primerísimo nivel que mira cara a cara a la impecable labor de Sir Roger Alexander Deakins en ‘Skyfall’. Cary Fukunaga ha vuelto a exhibir su enorme capacidad para narrar en imágenes sin olvidar el factor estético, moldeando escenas para el recuerdo escudado por el director de fotografía Linus Sandgren y por la textura única que implica rodar con fotoquímico.

Si a esto sumamos un montaje de Tom Cross y Elliot Graham ágil, preciso y calculado al milímetro y un diseño de producción estelar, el resultado no puede ser otro que unas setpieces vibrantes y dinámicas a la vanguardia de la acción de estudio contemporánea. Una colección de secuencias de gran agilidad y con un balance entre forma y narrativa acertadísimo que no titubea a la hora de jugar con planos secuencia y recursos de lo más variopintos.

En última instancia, Hans Zimmer envuelve para regalo el filme haciendo suyas las partituras y leitmotivs musicales de la saga, vistiendo un acto final valiente, arriesgado y que recordaremos durante mucho tiempo. Un torbellino de emociones, épica y gran cine que me ha hecho cerrar un ciclo de 15 años con lágrimas en los ojos y con una enorme sonrisa en los labios que han compensado, con creces, los meses de retrasos interminables. Después de todo, lo bueno se hace esperar.

Fuente: Espinof

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