
El 11 de septiembre de 2001 no terminó solamente con la vida de casi tres mil personas. Terminó también con una ilusión. Estados Unidos acababa de atravesar una década extraordinaria. La Unión Soviética había desaparecido, la Guerra Fría había terminado y Washington se encontraba en la cima de una concentración de poder sin equivalente desde la Segunda Guerra Mundial.
El mundo parecía haber ingresado en una etapa en la que la principal potencia podía administrar el sistema internacional desde una posición de superioridad prácticamente incontestada. La pregunta ya no parecía ser quién podía desafiar a Estados Unidos, sino cómo utilizaría Washington ese poder para organizar el nuevo orden internacional.
El atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono demostró que esa superioridad tenía un límite inesperado. No era necesario que otra gran potencia desafiara militarmente a Estados Unidos para golpearlo en su propio territorio. Bastaba una organización no estatal, relativamente pequeña y capaz de aprovechar las vulnerabilidades de una sociedad abierta.
La respuesta estadounidense transformaría todavía más el mundo que el propio atentado. Washington convirtió la lucha contra el terrorismo en el eje de su política exterior y extendió esa estrategia mucho más allá de la persecución de los responsables de los atentados: operaciones militares, inteligencia, vigilancia, cooperación internacional y una nueva doctrina de seguridad que terminaría proyectándose sobre regiones muy alejadas del escenario original.
La primera respuesta tenía una lógica evidente: Al Qaeda. La organización yihadista transnacional liderada por el saudí Osama bin Laden que había planificado y ejecutado los atentados, utilizaba Afganistán como principal base operativa y contaba allí con la protección del régimen talibán. La invasión estadounidense expulsó a este grupo del poder y desarticuló buena parte de su infraestructura. El problema apareció cuando aquella guerra dejó de ser una operación contra los responsables del ataque y pasó a convertirse en un proyecto mucho más ambicioso de transformación del entorno internacional. El punto de inflexión fue Irak.
La invasión de 2003 demostró que Estados Unidos podía derrotar a un ejército convencional y derribar en cuestión de semanas al régimen de Saddam Hussein, al que acusaba de poseer armas de destrucción masiva. Esas armas nunca fueron encontradas. La caída del líder, que gobernó durante más de dos décadas, abrió un período de violencia sectaria e inestabilidad que favoreció especialmente a Irán, país vecino de Irak y rival histórico de Estados Unidos.
Con el régimen iraquí eliminado, Teherán ganó influencia política y estratégica sobre un territorio que durante un largo ciclo había funcionado como uno de sus principales contrapesos regionales. Mientras Washington intentaba reconstruir políticamente el país que había ocupado, Irán ampliaba su capacidad de influencia en Irak y, con ella, su peso en Medio Oriente.
En tanto, Afganistán terminó exponiendo una limitación similar. Tras la invasión de 2001 y la expulsión de los talibanes del poder, Estados Unidos buscó construir un nuevo Estado afgano, mientras estos reorganizaban su insurgencia. La guerra se prolongó durante casi dos décadas y, pese a la superioridad militar estadounidense, éste nunca logró consolidar un gobierno estable ni derrotar definitivamente al movimiento. En 2021, con el retiro de las tropas estadounidenses, los talibanes avanzaron rápidamente y retomaron Kabul.
Más allá de eso, la estrategia antiterrorista produjo resultados concretos: Al Qaeda fue severamente debilitada, Osama bin Laden murió en 2011 y Estados Unidos desarrolló capacidades de inteligencia y seguridad mucho más sofisticadas, sin volver a sufrir un ataque de escala comparable en su territorio. Al mismo tiempo, el terrorismo evolucionó hacia organizaciones más descentralizadas y capaces de aprovechar las nuevas tecnologías.
Fuente: Ámbito
